Cierto
día, un compañero de colegio señaló en la calle a una mujer, diciéndome:
—Mírala,
está muerta.
A mí me
parecía imposible que una difunta se moviera con aquella naturalidad entre la gente.
De hecho, sabía que era mentira, pero resultaba excitante creérselo, así que le
seguí el juego. Mi amigo me aseguró que era capaz de distinguir a una mujer
muerta entre mil mujeres vivas.
—¿Pero
en qué lo notas?
—En nada
en concreto y en todo a la vez. Si te fijas, van envueltas como en una burbuja
de paredes invisibles. Cuando seas capaz de percibir esa burbuja, aprenderás a
distinguirlas.
A los
pocos días de esta conversación, iba dando patadas a las piedras por mi calle,
cuando vi a una mujer dentro de la burbuja. La burbuja la puse yo seguramente,
pero la mujer era completamente real. La seguí con disimulo hasta la Avenida de
América, y luego por Francisco Silvela, hasta llegar a una ferretería en la que
entró para salir al poco del brazo de un sujeto muy alto, con bigote a lo Clark
Gable. El hombre estaba vivo, desde luego, y no trataba a la mujer como a un
cadáver. Al contrario, se acercaba a su cuerpo cuanto le era posible,
desplazando la pared de la burbuja hacia el otro lado, y le besaba el cuello a
través de esa membrana que parecía no detectar. Entraron en un bar que hacía
esquina con la calle de Méjico y se comieron un bocadillo de calamares cada
uno. Cuando ella alargaba el brazo para tomar de la barra el vaso de cerveza,
sacaba la mano de la burbuja sin romperla, del mismo modo que algunos objetos
son capaces de penetrar en una pompa de jabón.
Comencé
a centrar mi atención en él. Parecía el prototipo de individuo mundano que por
entonces yo mismo aspiraba a ser. Una persona con clase, pensaba ingenuamente,
debe moverse con la misma naturalidad entre los muertos y los vivos. Aquel
hombre actuaba con una soltura increíble y sabía en qué momento tenía que
abrocharse o desabrocharse el botón de la chaqueta o pasarse el dedo índice por
el extremo del bigote, como para recoger, más que una miga de pan, un
pensamiento. Al salir del bar, él la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí
con tal violencia que la sacó sin darse cuenta de la burbuja. Entonces abandoné
la persecución con la idea romántica de que el amor consiste en rescatar al
otro de la muerte, y decidí esperar mi oportunidad.
A los
pocos meses llegó al barrio una chica nueva, con burbuja. Era muy joven para
estar muerta, pero lo consulté con mi amigo y me dijo que las había de todas
las edades.
—Una
prima mía de tres semanas está muerta también.
—¿Y qué
dicen sus padres?
—No lo
saben. La mayoría de la gente no ve la burbuja.
Me
enamoré como un loco, y, cuando logré reunir el dinero suficiente, la invité a
un bocadillo de calamares en el bar de Francisco Silvela esquina a Méjico.
Luego intenté acercarme para rescatarla de la burbuja, pero no se dejó. Y al
día siguiente, cuando pasé cerca de un grupo en el que se encontraba ella, noté
que me señalaba con expresión de burla. Estaba presumiendo de haberme sacado un
bocadillo de calamares, que para nosotros era una fortuna. Entonces, pese a mi
timidez, me acerqué al grupo y, apuntándole al pecho con el dedo, le dije:
—Estás
muerta. No vayas a creerte que no lo sé.
Todas
sus amigas se alejaron un poco, como con miedo a contagiarse, y desde entonces
arrastró una vida solitaria, que yo tampoco intenté aliviar, aunque me lo pedía
con los ojos. Se casó con un muerto de hambre con el que asiste a misa de
difuntos todas las semanas. Continúa en el barrio, y, cuando me acerco por
allí, a ver a mis padres, se hace la encontradiza para que la libere de la
burbuja en la que sigue atrapada. Pero ahora, aunque quisiera, no podría,
porque yo mismo he ido encerrándome durante todos estos años dentro de una
membrana transparente y flexible de la que sólo podría rescatarme una mujer
viva.
Juan José Millás.
"Los objetos nos llaman". (2008)
"Los objetos nos llaman". (2008)
Impresionante
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